top of page

Un sacrificio eterno atraviesa la historia, y no es el tuyo

  • Eugenio Pérez Freire
  • 3 abr
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 4 abr

Sus frutos están descritos en la Carta a Diogneto: son los cristianos de ayer y de hoy, el alma del mundo




Pues bien, en un día como hoy, mientras la luz pugna por disipar las tinieblas, honro el sacrificio de Aquel que bajó a este mundo para decirme quién soy y qué sentido tiene mi existencia.


Un combate soterrado pretende distorsionar el sentido de su entrega. «Una misión suicida, un acto de valor inútil», dicen unos. Son los que me enseñan «valores» líquidos, para luego renunciar a ellos por miedo a perder la razón, el dinero, la salud...


Otros bienintencionados, también tienen miedo, y me susurran al oído: «Apártate no sea que te contamine la corrupción y el vicio». Estos quieren que me retire del mundo, deje sitio a lo mundano y les ayude a levantar un muro frente a esa gente perdida que no piensa como yo. Y así, desde lo alto de la almena, solo de vez en cuando, envanecidos, le digamos a uno que anda por ahí, perdido: «¡Oye tú! Sí, tú. Si quieres… ven, que aquí estamos calentitos».


Para despejar la confusión y situarme en la verdad, suelo volver a la Epístola a Diogneto. El autor, un hombre del siglo II envuelto en el misterio, mostró una sed auténtica por comprender a aquellos cristianos tan singulares. Era, ciertamente, una gente digna de emular. Te dejo aquí un extracto:


«Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos, ni profesan, como otros, una enseñanza basada en autoridad de hombres.


Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho.


Los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo


Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el Cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos; carecen de todo, y abundan en todo. Sufren la deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello atestigua su justicia. Son maldecidos, y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, a cambio, devuelven honor. Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser castigados a muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos los combaten como a extraños y los gentiles los persiguen, y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben explicar el motivo de su enemistad. Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo».


¿Cómo es posible una vida así? ¡Qué extraño! No banalizan el mal y aman el mundo. Sí; pero no su mundanidad. ¿Dónde está el «truco»? ¿Un lavado de cerebro? ¿Un cuento, una bola?


No; siguen a una persona que atraviesa la historia. Hoy, Viernes Santo, ha sido ajusticiada en la Cruz.


Fíjate bien en los maderos, porque ahí han clavado tu Salvación.


Ha sido el sacrificio final, definitivo, eterno.

 
 

© 2026 by Eugenio Pérez Freire

bottom of page