Elegido para una misión: San José, el padre con corazón de hijo
- Eugenio Pérez Freire
- hace 3 días
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Actualizado: hace 1 día
Hoy día de San José, día del padre, quiero celebrarlo transcribiendo las palabras que mi hijo Eugenio, sacerdote, dirigió a una comunidad cristiana. ¡Atentos al contenido! Descubriremos que, para tejer el lienzo de la vida, necesitamos algo más que las propias fuerzas

Uno puede pensar: «No me extraña que eligiera a un hombre así para una misión como esa». Pero es justo al revés: Dios eligió a San José precisamente porque no estaba preparado.
Hace tres años, cuando me ordenaron sacerdote, después de siete años de carrera de teología y formación semanal en cuestiones humanas y espirituales, de tener la eucaristía diaria, de recibir dirección espiritual semanal, entrevista personal con el formador cada quince días, ejercicios espirituales anuales, oraciones, retiros, catequesis, pastoral... Después de todo eso, necesité solo un día para darme cuenta de que no estaba preparado y de que nunca lo estaría.
Levantando el «misterio de la fe» en mis manos y esperando —temblando de miedo— a que llegase la primera persona al confesionario, uno intenta actuar con solemnidad para que no parezca que estás de los nervios, pero por dentro sabes que la tarea te sobrepasa.
Creo que se parece al padre/madre que sostiene por primera vez a su hijo en brazos. El vértigo se mezcla con la alegría y, aunque ha podido preparar la habitación del niño y comprar cien bolsas de pañales, de alguna forma descubre que esa personita es un misterio insondable. Más aún, si uno se sintiera preparado ante la misión de ser padre, alguien le tendría que bajar de las nubes y situarle ante la realidad.
Teresa sola no puede nada; Teresa y un maravedí, poco; Teresa, un maravedí y Dios, lo pueden todo
Santa Teresa de Jesús
Para un cristiano, entender esto es muy importante, porque Dios le propone constantemente entregar la vida en situaciones que superan las propias fuerzas. Y sería un error pensar que uno debe sentirte preparado.
Hago un inciso para que nadie se confunda: no estoy diciendo que no haya que preparase, sino que Dios no espera a que estés preparado.
Con el tiempo, la situación de vértigo va disminuyendo, porque es muy difícil afrontar la misión a la que Dios te invita con la sensación continua de no sentirse preparado. Por eso, uno tiende a rebajar la misión, a mundanizarla, a hacerla asequible despojándola de la sacralidad que encierra.
Acomodo la misión a mis límites cuando celebro la misa sin abrirme al misterio; cuando predico desde mis propias ideas y no de rodillas ante la Palabra; cuando confieso ofreciendo mis recetas personales en lugar de retirarme para que actúe la grandeza de la misericordia de Dios... Al final, es una falsa impresión de control: un autoengaño que me aleja de la verdad.
Dios no esperó a que San José se sintiera preparado, a que tuviese un corazón de padre. Porque, ¿quién podría estar preparado para ser el esposo de la Virgen María y el padre adoptivo del Hijo de Dios?
Dios no elige a los capaces, sino que capacita a los elegidos
San Juan Crisóstomo
Alguien podría pensar entonces que, si San José fue elegido por su falta de preparación, cualquiera habría servido para el propósito de Dios. Sí y no. Faltaba otra condición: el «sí» de San José al plan de Dios. Porque, ¿quién en su sano juicio habría aceptado un plan semejante sin sentirse preparado?
Dios no eligió a San José porque tuviera un corazón de padre —era Él quien se lo iba a dar—. Dios eligió a San José porque tenía un corazón de hijo.
Cuando un padre lanza a su hijo pequeño al aire y lo recoge en sus brazos, el niño no se asusta ni desconfía. Al contrario, se ríe y disfruta; incluso pide más: «¡Más alto, papá. Más alto!». El niño no confía en sí mismo; vive de la certeza del padre.
Solo quien tiene un corazón de hijo es capaz de decir «sí», aun cuando no sea el mejor momento o algunos digan: «No hagas caso». El «sí» no se apoya en las propias fuerzas, sino en la fortaleza y la sabiduría del Padre.
En el Corazón de Dios hallarás todo lo que te falta
Santa Gertrudis de Helfta
El corazón de San José es un corazón de hijo porque es dócil y obediente a los designios de Dios. Es humilde, no impone su criterio, no se rebela. Prefiere un segundo plano para no estorbar, en silencio. Confía en Dios siempre, y pone toda su vida en juego.
Cuando uno no se siente preparado —pero posee un corazón de hijo—, reconoce en todo momento que el Padre es el origen de su misión. No mundaniza la tarea, pero sí la hace cotidiana. Y esto es precioso: en la intimidad de la Sagrada Familia, San José no caminaba incensando a Jesús y a María, sino que habitaba en una hermosa armonía entre lo sagrado y lo común, entre el misterio y lo ordinario.
En estos tres años de sacerdocio he descubierto que necesito tener un corazón de hijo para que Dios me de un corazón de padre. Tener un corazón de hijo me permite descubrir a Dios y su voluntad en la abuelilla que me cuenta su vida mientras yo resuelvo un asunto urgente. Tener un corazón de hijo me ayuda a no rebelarme contra Dios cuando estoy muy cansado o algo me pilla desprevenido. Tener un corazón de hijo me dispone a acoger con reverencia, confianza y ternura todo lo que viene del Padre: los sacramentos, el sufrimiento, las dificultades y contrariedades de la vida... Con un corazón de hijo veo la presencia santificadora de Dios y cómo se manifiesta de modo armonioso en la trama de lo cotidiano.
Tener un corazón de hijo pertenece a nuestra identidad por el bautismo. Vivir como tal es la condición del Padre para mostrarnos y nosotros acoger su voluntad.
Dice el papa Francisco en Patris Corde: «La vida espiritual de José no nos muestra una vía que explica, sino una vía que acoge». El Padre entrega, el Hijo acoge.
San José, incapaz de la misión, con corazón de hijo, acogió del Padre un corazón de padre.


