La mirada lo cambia todo o el secreto de una agenda Moleskine
- Eugenio Pérez Freire
- 30 mar
- 2 Min. de lectura
La historia de un cambio radical, un giro en el alma que redefine el horizonte de la vida cuando el viaje toca a su fin

De vez en cuando, alguien cuestiona su lucidez: «Es inevitable; tarde o temprano terminará derramando el agua del vaso: la pérdida de un ser querido, el dinero que no alcanza, la soledad...». Sin embargo, nada ni nadie le tuerce la vista. «Dios lo llena todo», me dice él.
Otros afirman que es un lunático. Pero no lo es; basta echar un vistazo a su vida: ¿histeria?, ¿fanatismo?, ¿desequilibrio? Nada, cero. La paz y la confianza prevalecen. Es un bienaventurado: lo tiene todo, nada le falta, porque Dios —vivo y vibrante— llena por completo todas sus moradas interiores. Una experiencia real y profunda de Dios lo habita, a pesar de los desprecios.
«Ya habrá tiempo», decía. Hasta que apenas quedaron granos en el reloj de arena
¿Cómo empezó todo? Fue en una consulta médica: un diagnóstico fatal, la muerte al acecho. La fragilidad lo envolvió y regresaron aquellas preguntas sin respuesta: «¿Quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy?». Las grandes cuestiones sobre el sentido que el hombre retrete —«¡Estoy siempre tan ocupado con mis cosas!»— tenía congeladas. «Ya habrá tiempo», decía. Hasta que apenas quedaron granos en el reloj de arena.
En estas, una noche, mi amigo tuvo un sueño. Allí estaba, mirándose en el féretro: el cuerpo frío, envuelto en el sudario. Y se dijo: «Se acabó. ¿Y ahora qué?». Una voz respondió: «Ahora solo queda Dios». De pronto, unas imágenes: «¡Eh! ¡Ese soy yo! ¡Es la película de mi vida!». Desde que tenía uso de razón hasta el final de sus días. La sinopsis era sencilla; una palabra, en mayúsculas: «YO». Esa había sido la razón de su vida: la propia satisfacción, al precio que fuera. En aquel momento, vistas las secuencias, sintió dolor y vergüenza; el dolor y la vergüenza que siempre rebotaban en su corazón de piedra. Y es que un chorro de luz y amor había invadido su conciencia. «Pero ¿qué he hecho con mi vida?», repetía una y otra vez. Y entonces, despertó.
«Todo fue tan real, tan de verdad… ¡Bendito sueño!», me dijo. «Lo escribí todo aquí, en detalle, tal y como fue». Me enseñó una agenda roja de Moleskine, del tamaño de una billetera. «La llevo siempre conmigo y, cada mañana al levantarme y por la noche, antes de dormir, leo en voz alta mi sueño. Es una oración. Es mi evangelio. Dios lo grabó en mi corazón para recordarme algo: que el mundo no gira a mi alrededor —dijo rotundo, con los ojos humedecidos—. Dios me ha rescatado, y un día… moriré. No habrá una segunda oportunidad. Para entonces, quiero que Dios me acompañe. Confío en Él».
De vuelta a casa, en el coche, pensaba para mis adentros: «La vida es la que es, tan real como un vaso de agua, pero la mirada… lo cambia todo: algo viejo y feo se hace nuevo; lo imposible es practicable; el Dios escondido se muestra. Aunque, para ver así, quizás no sea necesario un sueño. Un lavado de ojos y listo. ¡Ojos limpios! Sí, eso es».
Días después, mi amigo murió.


