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¡Cuenta una historia! Y llega a la mente y al corazón de la gente

  • Eugenio Pérez Freire
  • 16 feb
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: hace 1 día

La imagen llega antes que los números y los datos. Un estilo abstracto siempre es malo para comunicar. Las frases deben rebosar de piedras, sillas, animales, sudor, ropa, cejas, hombres y mujeres con sus anhelos y pasiones



Una vez, después de una de mis intervenciones en público, alguien me dijo: «Eugenio, ¡pero qué bien hablas, qué palabras tan bonitas!». Fue un cumplido que agradecí. No obstante, el comentario me hizo pensar: «¿Era ese el objetivo de mi speech: decir algo bonito? ¿Tenía algo que transmitir o deseaba deslumbrar con la belleza alambicada de mi verbo?».


Hay combates de boxeo muy floreados en los que uno de los púgiles baila y baila sin cesar, dando vueltas alrededor de su contrincante, moviendo los puños y pegando botes. Asalto tras asalto, nuestro boxeador finaliza el combate como si fuera un digno bailarín del Bolshoi, pero el rostro del rival apenas sufre el roce del guante. ¿Se ha desenvuelto bien en la lona? Sí. ¿Ha evitado, incluso, el puño de su adversario? Sí. Con todo, como dirían los expertos: «carece de pegada».

¿Cómo queremos que sea nuestro discurso? ¿Queremos que sea «bonito» o queremos que tenga «pegada»? ¿Queremos simplemente gustar y quedar bien o pretendemos alcanzar la mente y el corazón de nuestro auditorio?


Yo no quiero que me digan: «Qué bien hablas». Quiero que me digan: «Me has hecho ver las cosas de otra manera», «Esa idea ha sido fascinante», «Me llevo un propósito renovado». Eso es lo que quiero: alumbrar no deslumbrar.


Las historias son el equipo para la vida. No son una huida de la realidad, sino un vehículo que nos transporta en busca de sentido a la anarquía de la existencia

Robert McKee


Una historia, una vivencia propia o ajena, es la herramienta imprescindible para impactar en nuestro público, porque las historias nos aprovisionan para la vida. Por eso vamos al cine, al teatro, leemos novelas… Queremos sentir emociones, vivir las experiencias de otras vidas; asombrarnos, reír, sentir escalofríos con aquello que nos cuentan.


Ahora bien, en esto hay que afinar. Veamos un caso práctico [cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia 😊]. Una reconocida pediatra es invitada a pronunciar una conferencia en la asociación de padres de niños prematuros; ella misma tuvo un hijo con esta circunstancia. Está preocupada. Falta una semana para el evento y todavía no sabe cómo enfocar su intervención.


Ella piensa en dos opciones. Por un lado, cree que lo mejor es apoyar con historias el discurso. Pero también considera otra opción más sugestiva: «¿Qué pasaría si sostuviera el discurso con mi propia vivencia personal?».


En la primera opción, el hilo narrativo sería una suma de argumentos. Las historias darían color. Supuestos los saludos preliminares, iniciaría la intervención del siguiente modo:


«Los cuidados del niño prematuro comienzan de inmediato, en la unidad de neonatos. Es el caso de un paciente que fue atendido por el equipo médico del hospital sudafricano… ».


En la segunda opción, el hilo es un acontecimiento personal. Diría algo así:


«Jorge, mi hijo, nació antes de tiempo. La comadrona me lo arrancó de las manos. Durante mes y medio permaneció lejos de mí, en la incubadora, envuelto entre cables y sensores… ».


¿Qué opción recomendarías a la pediatra? La segunda, ¡por supuesto! Porque nada hay mejor que la propia vida para convertirla en la espina dorsal de cualquier intervención.


Las historias nos conectan con la realidad, y en esa medida captan nuestra atención. Las historias sirven para una convención, para una homilía o para ser un padre o una madre de primera.


Cuando aprendemos a combinar personas y situaciones ante un auditorio, adquirimos un gran poder: convertir cualquier suceso en un acontecimiento atractivo para la audiencia.


Insisto, las historias nos aprovisionan para la vida. Como decía Tom Peters:


«Una clave, si no la clave, del liderazgo es la comunicación efectiva de una historia, es decir, de un significado. Las historias son lo que anima nuestro proceso de reflexión. Las historias nos dan permiso para actuar. Las historias son fotografías de quienes aspiramos a ser. Las historias provocan respuestas emotivas. Las historias conectan. Las historias somos nosotros».


Y Mircea Eliade, mitólogo, decía también: «Nosotros somos seres para la aventura. El hombre nunca podrá renunciar a que le narren historias».


Así que, ¡conviértete en un recolector de historias propias o ajenas! Y utilízalas siempre para llegar a la mente y al corazón de las personas.

 
 

© 2026 by Eugenio Pérez Freire

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