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Ante los bulos, las trolas y las medias verdades, exige... RESPETO

  • Eugenio Pérez Freire
  • 17 feb
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 24 mar

Nos hemos acostumbrado a que la mentira sea un lugar común, a que nadie asuma responsabilidades por hacer creer o ver que algo es distinto de como es en realidad. ¿Por qué aguantamos que nos toreen? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?


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Esto viene de lejos. Ya en tiempos de Aristóteles, el sofista disfrutaba en el areópago pervirtiendo el lenguaje —convertía lo falso en verdadero y embaucaba a sus congéneres con estratagemas y pericias retóricas— aunque el éxito fuera transitorio.


Para el sofista, la racionalidad del discurso era algo inútil frente a los recursos de la persuasión emotivista, falsa y malintencionada, camuflada de argumento y razón.


¿Adviertes algún parecido con la retórica de nuestros actuales dirigentes? ¿Ves en sus argumentos expresiones de la areté ? ¿Acaso sus palabras están enfocadas en demostrar la verdad de las cosas o más bien en convencernos de algo?


En las hemerotecas, todavía resuenan los ecos de aquellas palabras de Felipe González robadas a Deng Xiao Ping:


Blanco o negro, lo importante es que el gato cace ratones

Deng Xiao Ping


Para el tema que nos ocupa, el asunto es cristalino: el lenguaje puede pintarse de cualquier color, lo que prima es el resultado; porque el discurso sofista no busca la verdad ni se atiene a las reglas de lo racional.


Lo vemos cuando el mensaje se sostiene a base de preferencias, actitudes o sentimientos. Entonces, la demagogia sale de caza. Los sentimientos más elementales de las personas —y los más vulnerables— son, al mismo tiempo, presa e instrumento de la mentira y el engaño.


Hannah Arendt definía este discurso como «mentira política»: la omisión, la falsificación, la manipulación o tergiversación deliberada de los hechos, o bien el testimonio que de estos se puede dar a favor de intereses particulares.


Es lo de siempre. Le pasó al emperador romano, al rey feudal, al monarca absoluto, al revolucionario, al dictador, al político contemporáneo y también al CEO de cualquier organización. Todos se apropian de las personas y de los símbolos, del pueblo y de la bandera; ocultan el propio interés bajo el manto de la nación, del progreso o la tradición.


La verdad es lo que es, y sigue siendo verdad aunque se piense al revés. Pero los sofistas saben que, para convencer, la verdad es lo de menos; lo que importa es la verosimilitud

Juan de Mairena


Sin embargo, la mayoría contempla el espectáculo con una paciencia infinita o, peor aún, con indiferencia. Otros compran el discurso sofista y lo hacen suyo. Son los haters y demagogos de medio pelo.


El peligro está en que uno se acostumbre a la falta de integridad. Esto lo explican muy bien los investigadores del University College de Londres. Según han publicado en la revista Nature Neuroscience, la repetición y el aumento del engaño termina por insensibilizar la amígdala cerebral y anima al sujeto a engañar más aún en el futuro. Tali Sharot, investigador de psicología experimental y coautor del trabajo lo dice así:


«Cuando mentimos interesadamente, nuestra amígdala produce una sensación negativa que limita el grado en que estamos dispuestos a mentir. Sin embargo, esta respuesta se desvanece a medida que continuamos mintiendo y cuanto más se reduce esta actividad más grande será la mentira que consideremos aceptable. Esto conduce a una pendiente resbaladiza donde los pequeños actos de insinceridad se convierten en mentiras cada vez más significativas».


Esto les pasa a los que mienten, pero me temo que también nos pasa a los que vivimos envueltos en sus fantasías animadas de ayer y hoy.

¡Qué no nos falten al respeto! La palabra no es un trapo, es una piedra: tiene gravedad en la conciencia. Así que, cojamos de la mano a nuestros dirigentes y hagamos que repitan en alto aquella exhortación inscrita en la naturaleza humana. ¿La recuerdas?: «No dirás falso testimonio, ni mentirás».

 
 

© 2026 by Eugenio Pérez Freire

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