Mi palabra es el puente entre lo que soy y lo que el otro percibe
- Eugenio Pérez Freire
- hace 2 días
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¿Es posible conjugar la eficiencia en términos de rendimiento, con el cumplimiento de la palabra dada?

Una organización construida sobre la integridad proyecta el sentido de su misión con fortaleza: no hay omisiones, ocultamientos o separaciones; todo está conjuntado.
Esto es así, porque las relaciones entre sus miembros —lo que da verdadera consistencia a la organización—, están afianzadas por el cumplimiento de la palabra dada. Más aún, las personas deciden hacerse dueñas y responsables de un nuevo lenguaje en el que la palabra es honrada.
¿Cómo podríamos verificarlo? Por ejemplo, preguntémonos:
· ¿Las conversaciones son honestas o se ocultan las cosas?
· ¿La palabra refleja fielmente la motivación real o es un engaño?
· ¿En qué grado se cumple con lo que se dice que se iba a hacer?
Cumplir con la palabra crea y fortalece las relaciones con los demás. La confianza crece cuando las expectativas que la palabra suscita son cumplidas. Todo lo contrario del uso utilitarista de la palabra; una estrategia más del coste-beneficio del eficientismo emotivista; un nuevo disfraz que oculta el deseo o la conveniencia.
Afortunadamente, si fuera así, más pronto que tarde, la intención sería desvelada. En cambio, esto es otra cosa:
«En un sentido determinante, lo que yo soy para otro es mi palabra, es decir, la expresión de mí mismo. Como dijo Shakespeare en Hamlet: "Esto sobre todo: se fiel a ti mismo, y a eso seguirá, como la noche al día, que no podrás ser entonces falso para nadie."»
Erhard, Jensen y Zaffron
Este lenguaje crece si se alimenta de un contexto moral en el que las personas tienen la convicción de saberse auto-dirigidas hasta el punto de hacerse responsables de su rendimiento.
Esto significa un cambio de mentalidad: comprender que el valor de las organizaciones no está en las cosas que fabrica o en los servicios que ofrece, ni tan siquiera en las ideas que promueve. Estos son subproductos que nacen de lo que es el auténtico valor de una organización: el corazón y la inteligencia de su gente.
¿Cómo lo hacemos? Creando «comunidades» con valores morales racionalmente compartidos. Para ello hay que responder a tres preguntas fundamentales: (1) ¿qué sentido tiene lo que hacemos?, (2) ¿en qué basamos nuestra confianza mutua? y (3) ¿qué nos convierte en reconocidos y respetados?
1.- Sentido del trabajo
Supone que cada persona comprenda y comparta la visión general y el propósito de lo que el grupo está haciendo. Conectar el propio trabajo con un propósito más amplio es un poderoso motivador intrínseco.
2.- Confianza mutua
En lugar de depender únicamente de mecanismos de control, la cooperación voluntaria se fundamenta en la confianza entre los miembros del grupo. Esto implica relaciones más horizontales y menos jerárquicas, donde cada individuo confía en que los demás cumplirán con sus responsabilidades.
3.- Reconocimiento y respeto
Por encima de los resultados tangibles, importa la manera en que la comunidad opera internamente y se relaciona con el entorno. No hay verdadera reputación sin una base ética que ponga el foco en la repercusión de las decisiones y en la calidad de las relaciones interpersonales.
«La confianza crece cuando las expectativas que la palabra suscita son cumplidas»
En conclusión, el lenguaje que honra la palabra dada —un lenguaje honesto—, es al mismo tiempo, expresión y vehículo para construir personas íntegras, relaciones sólidas y organizaciones con principios morales compartidos.
La integridad es uno de esos valores morales, posiblemente el más importante. Para Warren Buffett también lo es, quizás por otras motivaciones. Incluso para un accionista como él —tan preocupado por el rendimiento y el resultado—, la integridad es el valor crítico:
«Alguien dijo una vez que cuando se necesita contratar a alguien, se buscan tres cualidades: integridad, inteligencia y energía. Y que si la persona no tiene la primera, las otras dos le matarán a usted»
Warren Buffett
No cabe duda, es un tipo listo.


