top of page

Haz silencio, abre el corazón y repite conmigo: «No tengo prisa»

  • Eugenio Pérez Freire
  • 30 ene
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: hace 3 días

Te imaginas tomando las cosas con calma, sereno, sin estrés. ¿Te ves enfocado en el momento presente, sin el apuro por llegar a un lugar o alcanzar un objetivo?



Había dejado el coche en el taller. Unos arañazos en las puertas, dos partes a la aseguradora y listo. Chapa y pintura. El encargado me ayudaba con el papeleo, cuatro o cinco personas detrás de mí esperaban su turno. Venían a lo mismo: entregar o recoger el vehículo. Al rato, entra un individuo.

—¡Buenas tardes, Miguel! Enseguida estoy contigo —saluda el encargado al recién llegado.

—¡Qué tal! No tengo prisa —responde este esbozando una sonrisa franca.

El tipo tendría cincuenta y tantos, recién afeitado, de mirada serena. Dio una ojeada al grupo y se sentó, impasible.

—Esto va rápido —añadió el encargado.

—No tengo prisa —insistió Miguel marcando las sílabas, mientras miraba a la concurrencia, con una arrogancia sutil.

Sus ojos se cruzaron con los míos y me dije: «Realmente, este no tiene prisa». Sin embargo, todos los que estábamos allí, dibujábamos tics nerviosos: uno no paraba de mirar el reloj, otro resoplaba, una mujer joven balanceaba el cuerpo. Y yo… Yo pensaba en todo lo que tenía que hacer nada más llegar al despacho.

 

«No tengo prisa», decía Miguel. ¿Te imaginas tomando las cosas con calma, sereno, sin estrés. ¿Te ves enfocado en el momento presente, sin el apuro por llegar a un lugar o alcanzar algún objetivo? Para eso, hay que hacer tiempo, crear espacios, liberar compromisos.


«Algunos no están tranquilos hasta que revientan la jornada de tareas y citas, como si vivir consistiera en llenar una librería hasta ocupar todos los huecos con libros y adornos que aportan nada o muy poco»

 

La vida sin prisa proporciona una perspectiva más amplia de la realidad, porque sólo con tiempo ves las cosas desde diferentes ángulos y comprendes mejor la complejidad de las situaciones.


Es el caso de un equipo que trabajó para el desarrollo de un producto nuevo. Había un plazo ajustado, fijado por la empresa, para presentar el diseño final. Todos los miembros del equipo estaban obligados a cumplir con la fecha límite. Sin embargo, un colega decidió adoptar la perspectiva de «no tener prisa». Este compañero, en lugar de apresurarse a diseñar la interfaz del producto, dedicó tiempo a comprender las necesidades de los usuarios, investigar las tendencias del mercado y revisar en detalle las opciones de diseño.


Aunque esto retrasó ligeramente el proceso inicial, su enfoque más reflexivo permitió identificar posibles problemas y oportunidades que se habrían pasado por alto en un enfoque más rápido.


Al final, el equipo terminó el proyecto en el plazo fijado y el colega sin prisa contribuyó al resultado final con un diseño más sólido y orientado a las necesidades reales de los usuarios.


«Muévete rápido, pero no tengas prisa»

John Wooden


Por otro lado, la ausencia de prisa te conecta más profundamente con tus valores y principios, lo que influye en la forma en que interpretas y das significado a la vida: ajustas tu rumbo laboral con elecciones más alineadas con tus valores, decides dedicar más tiempo a tu familia, buscas oportunidades profesionales que respeten tus principios éticos o participas activamente en iniciativas sociales que se identifican con tu identidad más profunda.


Hacer espacio entre el torbellino de cada día, te ayuda a poner el foco en tus valores y actuar deliberadamente desde ellos.


En la práctica, en un enfoque «sin prisa», comienzas tu día con una planificación reflexiva. En lugar de lanzarte directamente a las tareas, te tomas unos minutos para revisar tus valores, objetivos y prioridades. Distingues las tareas más importantes de las urgentes. Te enfocas en las primeras y evitas la sensación de urgencia constante abordando tareas de menor importancia.


Estableces bloques de tiempo específicos para realizar tareas. Evitas la multitarea y te concentras en una tarea a la vez, asignando tiempo suficiente para hacerla bien. Programas pequeños descansos a lo largo del día. Utilizas ese tiempo para relajarte, respirar profundamente o dar un breve paseo. Los descansos conscientes te ayudan a mantener la claridad mental. Identificas y minimizas las distracciones. Desconectas las notificaciones innecesarias y estableces períodos específicos para revisar correos electrónicos y redes sociales.

 

Estableces límites de tiempo realistas para tus tareas con el fin de evitar la sensación perpetua de urgencia. Dices no a nuevas tareas si tu carga de trabajo actual ya es significativa. Aceptas que pueden surgir imprevistos y eres flexible en tu enfoque.


Te tomas un momento para reflexionar sobre lo que has logrado al final del día, en lugar de centrarte en lo que queda por hacer. Reconoces y celebras tus éxitos.

 

«En la vida hay algo más importante que incrementar su velocidad»

Mahatma Gandhi


De una mente atribulada —desconectada de su voz interior—, nacen escenarios negativos sobre el futuro, imágenes que anticipan problemas, pensamientos recurrentes asociados a vergüenza o arrepentimiento sobre situaciones pasadas, y mucho más.


Piénsalo bien, adoptar un enfoque «sin prisa» no significa ser menos productivo. Al contrario, consiste en la eficiencia centrada en tus valores; porque tus valores son tu auténtica fortuna, tu energía más poderosa.


De la lucidez —claridad y rapidez mental para comprender algo—, nacen los grandes discursos, las ideas brillantes, la convicción más profunda. Todo ello, está en el silencio, en la pausa, en un lugar de descanso.


Disney soñaba sin prisa. Cuentan que muchas de sus ideas nacieron mientras permanecía tumbado en un diván alejado del ruido y la tensión, ¿y acaso no fue uno de los personajes más productivos de la historia reciente?


La vida es corta, y somos muy frágiles como para andar de un lado a otro como pollos sin cabeza. Así que, si algún día nos toca esperar en el taller, en la sala de espera de un aeropuerto o en cualquier otro sitio, ojalá tú y yo digamos para nuestros adentros —con un punto de insolencia—, lo mismo que nuestro amigo Miguel: «No tengo prisa».

 
 

© 2026 by Eugenio Pérez Freire

bottom of page