Cuando la queja se convierte en un patrón de conducta nocivo
- Eugenio Pérez Freire
- 21 feb
- 3 Min. de lectura
Actualizado: hace 1 día
La queja es una sutil trampa mental porque refuerza una percepción venenosa: «Soy víctima de las circunstancias». Entonces, si soy una víctima, las riendas de mi vida están en manos de otros

Me quejo del clima. Me quejo del tráfico. Me quejo del trabajo, del jefe, de la familia. Por si fuera poco, las redes sociales amplifican todo tipo de quejas y estas se vuelven públicas, virales.
Desahogarse puntualmente es saludable, ayuda a manejar el estrés y las emociones negativas. Quejarse como una costumbre es un patrón destructivo de nefastas consecuencias para la salud.
Con el desahogo pretendemos obtener una sensación de alivio, de apoyo emocional o incluso de fortalecimiento anímico. Uno puede aplacar el dolor o la frustración de manera esporádica como respuesta a eventos específicos; un entorno seguro y de confianza —amigos cercanos, familiares o terapeutas— es lo apropiado.
En cambio, la queja habitual no busca resolver un problema específico, sino que manifiesta un patrón de comportamiento negativo que refuerza una visión pesimista del mundo.
La queja es un hábito inconsciente, sin reflexión previa sobre su impacto. Ocurre en cualquier entorno y las consecuencias no se hacen esperar: clima de negatividad, estrés crónico, deterioro de las relaciones personales...
Numerosos estudios han explorado cómo la reducción de las quejas aumenta la fortaleza emocional de las personas. Una de las investigaciones más relevantes es la de Robert Emmons y Michael McCullough (2003). Ambos realizaron un experimento con tres grupos de participantes asignados aleatoriamente. A cada grupo se le pidió que escribiera intencionalmente sobre un tema específico. El primer grupo escribió sobre cosas por las que estaban agradecidos, el segundo escribió sobre cosas que les molestaban y el tercer grupo escribió sobre eventos neutros. Finalizado el ejercicio y después de evaluar distintos registros diarios y semanales, las evidencias fueron concluyentes: el grupo que se enfocó en la gratitud mostró mejoras significativas en el bienestar emocional, mayores niveles de optimismo y mayor satisfacción con la vida en comparación con los otros dos grupos.
Las quejas son como las mecedoras: te entretienen, ¡pero no te llevan a ningún sitio!
Erma Bombeck
Digámoslo claramente: quejarse como costumbre es un vicio y no quejarse es una virtud de enormes beneficios para la salud mental y la fortaleza psíquica. Tanto es así, que cuando nos enfocamos en nuestras fortalezas y en los aspectos positivos de la vida, transformamos radicalmente nuestra percepción del mundo y nuestra capacidad para enfrentar desafíos.
Dicho esto, cuidado con ignorar los problemas o reprimir las emociones. ¡Claro que es legítimo expresar malestar ante la injusticia, la vulneración de los límites o el dolor de cualquier índole.
El reto consiste en desinstalar la queja y adoptar una mentalidad de locus de control interno que me ayude a (1) mejorar el modo en que vivo las situaciones, (2) fortalecer mi salud mental y (3) obtener una vida más plena, también para los demás.
Por ejemplo, imagínate llevando un «diario de quejas» a lo largo de una semana, como si fuera un experimento. Si las identificas y las anotas, al final podrás revisarlas y analizar patrones. Esta sencilla prueba revela tus quejas más recurrentes, en qué ámbitos se manifiestan y te ayuda a reflexionar sobre las decisiones que vas a tomar para revertirlas.
Pregúntate: ¿«Qué tiene esta situación de provecho para mí?». Supongamos, un atasco incontrolable. En lugar de decir: «¡Odio el tráfico!», podrías pensar lo siguiente: «Con este tráfico, tengo tiempo para escuchar mi pódcast favorito».
Hay escenarios difíciles de evitar: una reunión convocada por tu jefe, una tarea interminable, un compromiso social… Pues bien, quédate con esta idea: todo eso pasará. Porque al final, tarde o temprano, todo acaba.
Y si hay algo que no te gusta en tu entorno —trabajo, familia, amigos... —, pregúntate: «¿Qué está a mi alcance para mejorar —ya sea en todo o en parte— la situación». Y claro está, propón cambios constructivos, y búscate aliados.
Cada día, durante unos minutos, piensa en tantas cosas por las que dar gracias a Dios. Esta certeza te ayudará a nutrir tu energía psíquica y a reducir la necesidad estéril de quejarte.
Expresa cómo te sientes y pide lo que necesitas. ¡Así de fácil! Comunica tus necesidades y deseos de manera asertiva y respetuosa, sin recurrir a la mala leche. ¡Funciona! Las investigaciones en el campo de la comunicación así lo demuestran, como las realizadas por John Gottman: las parejas que practican una comunicación asertiva y positiva presentan menos conflictos y mayor satisfacción en sus relaciones.
Quejarse es fácil y vulgar. En cambio, adoptar una postura radical del tipo «prohibido quejarse, manos a la obra», transforma la vida profundamente. Así que deja ya de quejarte, busca la oportunidad que atesora cada desafío, cambia y actúa, por tu propio bien y el de tus semejantes.


