Shin Dong-hyuk y su huida lejos del espantoso Campo 14
- Eugenio Pérez Freire
- hace 18 horas
- 3 Min. de lectura
«La historia más triste que haya escuchado». Así describe el periodista Blaine Harden la historia que le relató este joven norcoreano, criado por sus carceleros durante veintitrés años

Shin fue concebido como fruto de una relación impuesta a un hombre y a una mujer, ambos recluidos en el campo de prisioneros políticos de Kaechan. Ellos sólo sirvieron de padres biológicos, porque sus verdaderos progenitores fueron sus carceleros.
El 19 de noviembre de 1982, Shin Dong-hyuk vino a la existencia para cumplir con una misión tenebrosa: delatar a todos aquellos que mostraran deseos de huir. A cambio, recibiría más comida y un trabajo más fácil. Éstas fueron las reglas de su «hogar».
Términos como «amor» o «amistad» fueron para él palabras perversas o carentes de sentido. Un día tuvo la oportunidad de ponerlas a prueba. Sucedió una noche, cuando inesperadamente escuchó a su «familia» preparar un plan de huida. Siete meses después, su madre fue ahorcada y su hermano fusilado.
Todo cambió cuando llegó un nuevo prisionero. Este le contó, entre otras cosas, que la tierra era redonda y que existía... ¡la carne a la parrilla! El interés de Shin por conocer ese nuevo alimento —su comida habitual era maíz y col—, fue la salvación de su compañero y un incentivo adicional para alimentar su empeño por escapar.
En 2005, Shin Dong-hyuk huyó. Lo planificó cuidadosamente, aunque la mayoría de los detalles de la evasión se mantienen en secreto por razones de seguridad. Lo que sí sabemos es que su huida fue extremadamente peligrosa y arriesgada.
Según el relato del propio Shin, este aprovechó un despiste de los guardianes para huir. Atravesó el río Tumen, que marca la línea natural entre Corea del Norte y China, y durante meses permaneció escondido, sin documentos ni protección legal, en una situación extremadamente precaria. Al fin, encontró ayuda y logró llegar a Seúl, Corea del Sur, donde recibió asistencia de organizaciones humanitarias.
Desde entonces, Shin Dong-hyuk ha reconstruido su vida y hoy colabora con una asociación norteamericana de derechos humanos.
Él ya está, físicamente, muy lejos del Campo 14, aunque psicológicamente todavía sufre por evadirse de la cerca interior que le impide vivir como un hombre libre.
Hoy repite a quien le quiera escuchar: «La esperanza es lo que me mantuvo con vida. Fue la luz que brillaba en la oscuridad y me dio la fuerza para seguir adelante, a pesar de todas las dificultades y el sufrimiento». Y añade también: «El miedo te hace débil, y el coraje es lo que te da fuerza para enfrentar cualquier cosa».
¿Acaso alguna vez no te has sentido prisionero de ti mismo, en una celda vigilada por tus propios carceleros? «Miedo», «Frustración», «Soledad»... así los llamabas.
«La esperanza es lo que me mantuvo con vida. Fue la luz que brillaba en la oscuridad y me dio la fuerza para seguir adelante, a pesar de todas las dificultades y el sufrimiento»
Shin Dong-Hyuk
A pesar de los desafíos brutales a los que tuvo que enfrentarse, nuestro personaje no se dio por vencido y perseveró hasta encontrar una salida. Una esperanza encendida y un coraje inquebrantable acompañaron a Shin en su empeño por alcanzar un futuro en libertad.
«La esperanza es una de las cosas más poderosas que puede tener un ser humano. Sin esperanza, no habría escapado y no estaría aquí hoy», afirma convencido.
El anhelo por vivir en libertad fue la chispa que abrasó su corazón. Es fascinante escuchar su odisea. ¡Cuánto poder tiene la esperanza! ¡Y qué lejos nos hace llegar!
Hace tiempo, un amigo me explicó esta combinación explosiva entre el coraje y la esperanza, y lo hizo con estas palabras: «La esperanza es el combustible que enciende el coraje, y el coraje es la fuerza que hace de la esperanza una realidad».


