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MI PRIMERA SESIÓN DE COACHING

Para alcanzar mis objetivos necesitaba liberar tensiones y aumentar mi energía. Afrontar las «tolerancias», ese fue el comienzo.



Hace ya más de veinte años recibí mi primera sesión de coaching. Fue por teléfono: el coach en el Reino Unido, yo en España. Sucedió que, después situar el marco de nuestra relación, aclarar el punto de partida y fijar mis objetivos, entendí que el primer paso tenía un nombre: tolerancias. Una serie de molestias que estaban ahí, todos los días; algunas no muy grandes, la mayoría pequeñas, pero sumadas absorbían mi energía, me hacían más irritable y debilitaban mi ánimo.


El coach me ayudó a identificarlas y gestionarlas. ¿Cómo?: implementando estrategias, ajustando la perspectiva y desarrollando habilidades de resistencia efectivas.


Sentía que, tan sólo por el hecho de abordarlas, se liberaba dentro de mí una combinación de energía y recursos mentales con los que conseguía encauzar las metas y los objetivos que de verdad me importaban.


Lo primero que hice fue una lista. Estas fueron algunas de mis tolerancias por aquel entonces:


1.- Mi escritorio desordenado —el de mi despacho y el de mi portátil—: archivos mal organizados, listas de tareas diversas y pendientes, correos no contestados, documentos sin clasificar...

2.- Falta de ejercicio regular, falta de sueño, comidas copiosas...

3.- Compromisos excesivos, sobrecarga de trabajo...

4.- Una relación tensa con un colega.

5.- La necesidad de imponer límites a las exigencias de algunos clientes.

4.- Los conflictos velados con otros equipos de la compañía para la que trabajaba.


Al examinarlas, vi que las tres primeras tolerancias las tenía de mi mano. Las otras tres eran más peliagudas porque no todo dependía de mí iniciativa. En cualquier caso, decidí empezar por la primea categoría.


Supuse, y así fue, que con mayores cotas de energía me sentiría más resuelto para afrontar retos mayores.


Una vez hecha lista y dispuesto el orden de ejecución, ataqué cada tolerancia una a una. Eso sí, me autoimpuse una condición: hasta que no finalizara una de ellas, no continuaría con la siguiente. Era cuestión de supervivencia, por aquella época mi energía era muy limitada y necesitaba racionarla, por lo menos al principio. Además, abordar las seis tolerancias de golpe en plan multitarea se me hacía un mundo, y pensé con acierto seguir el famoso dicho:

«Un elefante no se come de golpe, sino a bocados».

Cuando tomas una decisión, lo que haces es descartar el resto de las opciones y comprometerte sólo con una de ellas. Esa única opción se forja en un tiempo y en un lugar concreto. Es decir, hay que agendar la decisión: tal día, a tal hora y durante el tiempo X, haré eso, y nada más que eso. Si he tomado la decisión de ordenar el escritorio y ponerme a clasificar papeles, el día 7, desde las 16:00 a las 17:00, eso es lo que haré y todo lo demás quedará en espera. Y si no he terminado la tarea, no pasa nada, porque previamente habré elaborado una planificación, así que continuaré según el programa previsto y, más pronto que tarde… habré digerido el elefante.


Acabar con las tolerancias no es un proceso complejo en sí mismo. Al menos, para mí no lo fue. Lo que realmente me costó fue decidirme, romper con las resistencias y ponerme manos a la obra. Uno siempre cree que tiene cosas más importantes que hacer, que puede con ello o que habrá un momento mejor.


¿Y el coach? Así contado, da la impresión de que él no pintó nada; vamos que yo lo tenía todo encauzado. Pues no. Gracias a él, acompañado por él, conseguí eliminar o salvar las tolerancias de la lista —en otro momento hablaré de alguna de ellas—.


Ahora quiero honrar su trabajo, porque él fue un espejo para mí, juntos rebotamos ideas y sin su mindset me habría rendido. Mi coach supo escucharme, hizo las preguntas apropiadas e iluminó el camino. Todo eso, para mí se sintetiza en una palabra poderosa: APOYO.


Marshall Goldsmith, uno de los coaches más respetados del mundo lo valora en estos términos:

«Las personas más inteligentes y logradas que conozco son los constructores más ávidos de su propio grupo de apoyo y los que más confían en el grupo para pedir ayuda —y no son tímidos al admitirlo—».

Quizás, una de tus tolerancias sea creer que no necesitas el apoyo de nadie, que tú ya controlas. Si es así, ¡enhorabuena! ¡Bienvenida sea la tolerancia! Es toda una señal. Algo necesitas cambiar. Haz la lista de tus tolerancias, ordénalas, y en primer lugar, con letras grandes, escribe: PEDIR AYUDA.



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